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La lectura de hoy habla de la persecución del justo.
El mundo no quiere apoyar bondad, o misericordia, o humildad, o justicia.
En todos partes, sufren las pobres a las manos de la minoridad poderosa y rica.

Cuesta mucho para comunidades de fe de existir donde prevalen la distracción y el cinismo. Donde no hay valores y la vida no tiene un propósito, es difícil para nuestra juventud resistir las influencias del sexo y alcohol y otras drogas. Donde hay el vacuo de la apatía, entra la violencia sin sentido.

En medio de todo oímos una invitación:

Y tomando a un niño, lo puso entre ellos, lo estrechó entre sus brazos y les dijo, ‘El que recibe a un niño como éste en me nombre, a mi me recibe; y el me recibe no me recibe a mi, sino al que me envió.’
Si nosotros no queremos enfrentar todo lo malo del mundo, hay perdición. La invitación que ofrecemos es muy importante. Prometimos lo que el mundo no puede satisfacer. Pero necesitamos invitar.

Necesitamos invitar al niño o a la niña que todos nosotros tenemos adentro. De allá viene la esperanza que anima nuestra fe y nuestra vida comunal. De allá viene las cualidades que mas atraen un mundo confundido, alienado, aburrido, y apático.

El ministerio de invitación es parte del Rito de Iniciación Cristiana de Adultos. ¿Somos nosotros una comunidad de invitación? ¿Es claro que nosotros somos diferentes del mundo? ¿Puede los demás reconocer el niño y la niña que Jesús toma en sus brazos con amor?

Había un hombre que estaba vestido en su ropa de domingo y estaba yendo a la misa. Su vecino lo veía, y, porque el ida era muy fresco, le pedía acompañarlo a jugar golf. El hombre era poco ofendido por la falta de sensibilidad de su vecino. Pero le contestó que no podía porque quería asistir a la misa. Dijo su vecino: por siete domingos yo le he invitado a jugar golf. Ni una ves me ha invitado a acompañarle a la misa.

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